Instituto Bolívar de Estrategia y Diálogo
Pensamiento Estratégico, Diálogo Global

El Sueño de Invierno para un Chile Sin Clases

Jun 3, 2025, 04:14

En una reciente entrevista con El País, Gonzalo Winter, el aspirante presidencial del Frente Amplio, expresó su visión de que Chile evolucione hacia una sociedad sin clases sociales. Él cree que esta ambición se alinea con el legado de Allende y podría conducir a una mayor eficiencia y desarrollo. Desafortunadamente, su propuesta carece de definiciones precisas y fundamentos claros, dejando mucho que desear en la comprensión de la naturaleza exacta de la transformación que él imagina. No obstante, el énfasis persistente de Winter en esta aspiración indica que merece un examen más detenido.

Para evaluar la propuesta de Winter, es crucial aclarar qué se entiende por clases sociales. En la tradición marxista, las clases son vistas como posiciones distintas dentro de las relaciones de producción, vinculadas a intereses objetivos. Esta idea fundamental ha sido enriquecida por la tradición weberiana, que introduce el estatus y el poder como vectores relativamente autónomos de clase; Pierre Bourdieu, quien resalta la reproducción simbólica y la internalización de las clases sociales; y Erik Olin Wright, quien examina la naturaleza contradictoria de los intereses de la clase media. En lugar de ofrecer definiciones cerradas o unívocas, estas perspectivas revelan la complejidad del concepto de clase social, que, cuando se simplifica, disminuye el debate público.

Históricamente, las clases no han sido la única forma de desigualdad que estructura las sociedades humanas. Desde las organizaciones sociales más simples, los humanos han funcionado con base en algún principio jerárquico. Inicialmente, fue el líder del clan; después, la distinción entre nobleza y plebeyos; y finalmente, las clases sociales, cuya novedad radica en que su principio legitimador ya no descansa directamente en rasgos adscritos como genealogía, etnia o género. Sin embargo, la movilidad social sigue estando fuertemente condicionada por estos atributos y los mecanismos de transmisión intergeneracional de diversas formas de capital—económico, educativo, cultural, entre otros.

En respuesta a esta persistencia, la izquierda ha desarrollado dos estrategias para disminuir la centralidad de la clase en la distribución de bienes, servicios y privilegios. La primera, un enfoque reformista, ha buscado lograr este objetivo a través de una fuerte tributación y un gasto progresivo dentro de regímenes democrático-liberales. Las experiencias de los países nórdicos destacan como ejemplos prominentes de este camino. Sin embargo, es importante señalar que ninguno de estos países ha pretendido abolir las clases, sino más bien mitigar sus efectos más corrosivos. Por el contrario, la segunda estrategia, revolucionaria, ha buscado eliminarlas a través de transformaciones radicales, como la expropiación masiva de los medios de producción. Paradójicamente, estos experimentos han conducido a nuevas formas de estratificación, donde el poder burocrático reemplaza al capital como mecanismo de diferenciación, consolidando élites político-administrativas que monopolizan el acceso a recursos estratégicos.

Esta situación se vuelve aún más compleja en sociedades contemporáneas, funcionalmente diferenciadas, como las describe Niklas Luhmann. En tales sociedades, la organización social gira en torno a subsistemas autónomos—como la política, la economía o la ciencia—que operan bajo su propia lógica y criterios de legitimidad. En este contexto, las clases no desaparecen, pero su función estructurante disminuye a medida que cada sistema produce sus propias jerarquías. Así, aunque formalmente cualquier individuo puede aspirar a una posición académica o política, el acceso a la cima de estos campos está mediado por redes de influencia y capital simbólico, así como por la capacidad de internalizar las reglas específicas de cada área funcional.

Con cierta claridad sobre los aspectos fundamentales de esta discusión, es pertinente cuestionar la noción de clase que subyace en la propuesta de Winter. Si su interpretación se alinea con la tradición marxista, vale la pena preguntar cómo planea transformar las relaciones de producción en un horizonte de cuatro años sin desencadenar una profunda crisis económica. Si, en cambio, su énfasis se encuentra en las dimensiones simbólicas y culturales, es razonable observar las trayectorias de quienes encarnan el proyecto del Frente Amplio, ya que también reproducen estilos de vida y prácticas que perpetúan las jerarquías sociales. Finalmente, si su objetivo es resolver las contradicciones inherentes en las clases medias, vale la pena recordar que la estrategia promovida por su sector durante el proceso constitucional de 2022 profundizó esas fracturas y contribuyó a su derrota electoral.

Además, es necesario examinar las promesas de eficiencia que Winter asocia con la disolución de las clases sociales. Si su referencia es el socialismo real, es imperativo una discusión sobre las consecuencias autoritarias que históricamente acompañan la centralización del poder invocando la igualdad. Si, por el contrario, su inspiración proviene del modelo escandinavo—que Winter parece invocar—entonces la aspiración no es eliminar las clases, sino construir un estado capaz de contener sus efectos más disruptivos y desmantelar jerarquías que arriesgan la legitimidad de un orden social funcionalmente diferenciado, que está en la base de su desarrollo y eficiencia. Incluso en el caso paradigmático de China, su rápido desarrollo coincide con un proceso de restauración del estatus de muchas élites prerrevolucionarias, socavando cualquier pretensión de igualdad estructural.

La trivialización de esta discusión no solo erosiona la calidad del debate público, sino que también alimenta expectativas poco claras. Nos arrastra a una lucha quijotesca contra un concepto que es solo una cara de la desigualdad en una sociedad funcionalmente diferenciada. Si su anhelo de mayor igualdad es genuino, debería aclarar las condiciones que harían viable un horizonte de mayor igualdad sin caer en simplificaciones que, lejos de invitar, desconciertan incluso a aquellos que ven la desigualdad como un problema relevante. Sería lamentable que, por ignorancia o cálculo electoral, termine renunciando a sus sueños con la misma facilidad con que vinculó la llegada de "trenes eléctricos, mejores trabajos y baterías de litio" al fin de las clases sociales. Porque ya hemos tenido suficiente de ese tipo de gimnasia retórica.

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