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Transformando el Poder Judicial Mexicano: Un Cambio Histórico hacia la Elección Popular
México ha emprendido un viaje innovador al convertirse en la primera nación en elegir todo su Poder Judicial mediante voto popular, un cambio institucional monumental desde su democratización. Sin embargo, este desarrollo plantea preguntas sobre sus orígenes y los eventos que llevaron a esta significativa reforma.
El catalizador a menudo se atribuye erróneamente a un gesto simbólico el 5 de febrero de 2023, cuando Norma Piña, entonces presidenta de la Suprema Corte, permaneció sentada mientras el presidente López Obrador pasaba durante la ceremonia del Día de la Constitución. Este acto fue interpretado como un desafío, creído haber desencadenado una reacción en cadena que culminó en la reforma judicial y las elecciones subsiguientes. Sin embargo, esta simplificación pasa por alto las tensiones de larga data entre los poderes gubernamentales y la evolución de la idea de elegir jueces.
Estas tensiones preceden la presidencia de López Obrador, inicialmente alimentadas por los excesos presupuestarios del Poder Judicial. Durante años, la Suprema Corte explotó su autonomía para inflar salarios, con los jueces mexicanos ganando más que sus contrapartes en EE.UU., Alemania o Canadá. Un estudio destacó la costosa mala gestión de la Corte y la burocracia inflada, caracterizada por sueldos elevados y beneficios para los altos funcionarios.
López Obrador, durante su campaña, abogó por reducir el gasto del Poder Judicial. Sin embargo, el entonces presidente de la Suprema Corte, Luis María Aguilar, se opuso ferozmente y manipuló las propuestas presupuestarias para evitar recortes salariales, incluso intentando engañar a Obrador con falsas reducciones presupuestarias.
En diciembre de 2018, poco después de que Obrador asumiera el cargo, la Corte ideó una suspensión para bloquear las reducciones salariales, manifestando su extrema defensa de los privilegios financieros. Esta discordia fue brevemente eclipsada por el ascenso de Arturo Zaldívar a la presidencia de la Corte en enero de 2019, quien introdujo reformas para aliviar la fricción entre el poder ejecutivo y el judicial.
Zaldívar, un político hábil, se esforzó por alinearse con el presidente, liderando reformas que reconocieron el nepotismo y redujeron los salarios ministeriales en un 25%. También defendió una consulta popular para decidir si se debía enjuiciar a los expresidentes, alineándose con los intereses de López Obrador. Sin embargo, el mandato de Zaldívar también vio importantes reveses para el partido gobernante, Morena, con la Corte declarando parcial o totalmente inconstitucionales varias reformas, incluidas las que afectaban a la industria eléctrica, la remuneración de los servidores públicos, las medidas de austeridad, la seguridad nacional y los casos de fraude fiscal, entre otros.
Bajo Zaldívar, la relación de la Corte con el ejecutivo se asemejaba a una guerra fría, insatisfaciendo a la comunidad legal, que buscaba una oposición más sustancial a la agenda de Morena, a menudo acusando a Zaldívar de servilismo. Su estrategia involucraba la negociación, temiendo que el aumento de tensiones pudiera llevar al presidente a aprovechar las mayorías legislativas para una reforma judicial agresiva.
El dramático declive del Poder Judicial comenzó con la salida de Zaldívar de la presidencia y la asunción de Norma Piña, una ministra de carrera sin habilidades políticas, como líder. Desde su inicio en enero de 2019, Piña, prefiriendo la soledad, se abstuvo de interactuar con el presidente, optando en cambio por la confrontación abierta. Guiada por opositores presidenciales acérrimos, Piña apostaba a que las elecciones de mitad de período debilitarían a López Obrador y que una coalición PRI-PAN aseguraría la mayoría en el Congreso en 2024.
En marzo de 2023, la Suprema Corte de Piña asestó un golpe significativo al anular la reforma electoral propuesta por Obrador, conocida como Plan B. Esta decisión pivotal llevó a Obrador, por primera vez, a considerar públicamente la elección de jueces por voto popular, citando precedentes históricos tanto a nivel nacional como en la temprana democracia estadounidense.
Inicialmente vacilante, López Obrador abogó por fortalecer los principios humanísticos y anticorrupción dentro del Poder Judicial antes de perseguir mecanismos electorales. La anulación de la Corte de la reforma que transfería el control de la Guardia Nacional al ejército solidificó su determinación, llevando a un llamado a la reforma constitucional y la elección directa de los ministros de la Suprema Corte.
Históricamente, los fallos de la Corte favorecieron a la oligarquía y al poder económico, a menudo obstaculizando los derechos de los trabajadores, la tributación progresiva y los proyectos públicos. Reconociendo la futilidad de un discurso público sobre tales asuntos, Morena lanzó una campaña nacional culpando al Poder Judicial de impunidad, acusándolo de liberar criminales y obstruir la justicia.
Esta campaña conectó hábilmente agravios sociales profundos, como la inseguridad y el acceso limitado a la justicia, con el Poder Judicial, transformando a Norma Piña en un objetivo público. A pesar de observar el ataque, Piña careció de la astucia política para defender la institución, fallando en comprometerse con Morena o negociar los términos de la reforma, optando en cambio por retirarse en frustración.
El liderazgo de Piña flaqueó en medio del caos, exacerbado por mensajes nocturnos confrontacionales a los legisladores, posteriormente retractados públicamente. La Suprema Corte enfrentó su momento más crítico bajo su liderazgo más débil.
Piña tuvo casi un año para proponer una reforma judicial que protegiera al Poder Judicial mientras negociaba los términos de los miembros de la Suprema Corte, pero no lo hizo. En cambio, buscó el apoyo de la oposición, protegiendo defensivamente los fideicomisos judiciales y realizando consultas internas ineficaces.
El 5 de febrero de 2024, López Obrador presentó la iniciativa de elección judicial dentro de un paquete de reforma constitucional, condicionado a la victoria presidencial de Claudia Sheinbaum. La propuesta se extendió más allá de los ministros de la Suprema Corte para abarcar a todos los jueces a nivel nacional, abordando cuestiones sistémicas más allá de los círculos de élite.
La expansión buscaba rectificar poderes legales extraordinarios que permitían el lawfare y la obstrucción sistemática de decisiones democráticamente elegidas. Reconfigurar la base del Poder Judicial era esencial por dos razones: primero, para frenar el uso indebido de la retórica de los derechos humanos por parte de los jueces para intereses privados, incluida la evasión fiscal y la obstaculización de proyectos públicos; segundo, para mitigar el alcance desproporcionado de la Ley de Amparo, fomentando excesos de litigios que subordinaban los intereses del estado a entidades privadas.
A pesar de estas convicciones, López Obrador dudaba de que su radical reforma judicial pasara en el Congreso, dada la falta de mayorías de Morena y la ausencia histórica de una mayoría calificada en la democracia mexicana. No obstante, el inesperado triunfo electoral de Morena en 2024 permitió lo impensable, permitiendo a López Obrador cimentar el destino del Poder Judicial con una reforma integral que exigía elecciones para todas las posiciones judiciales en su último mes de gobierno.















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