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Absurdeces en el Gobierno Colombiano: Un Examen Crítico
Esta semana, se nos presentó un escenario absurdo en la política colombiana. El propio gobierno convocó a un paro nacional de dos días, una medida típicamente iniciada por la oposición. Tal ocurrencia es desconcertante, solo se encuentra en las profundidades caóticas de los trópicos políticos. En respuesta, un individuo ingenioso circuló un mensaje satírico en línea, destacando la ironía de la situación.
El mensaje especulaba humorísticamente sobre la posible destrucción durante las marchas, enumerando proyectos de infraestructura ficticios como trenes elevados desde Villavicencio hasta Santa Marta y aeropuertos internacionales en La Guajira, que, por supuesto, no existen. Esta alarma satírica quizás llevó al gobierno a desplegar fuerzas armadas para proteger estas obras públicas imaginarias, a menos que, por supuesto, los manifestantes tuvieran la intención de demolerlas, en cuyo caso el Comandante en Jefe podría haber instruido dejar que las masas hicieran lo que quisieran.
Después del fiasco de un paro nacional sin liderazgo ni propósito, quedó claro que los colombianos están sujetos a numerosos experimentos absurdos, tanto mentales como político-económicos, difuminando las líneas entre realidad y ficción, razón y locura. Llenar la Plaza de Bolívar de Bogotá con personas transportadas y estudiantes obligados haciéndose pasar por manifestantes espontáneos es una flagrante absurdidad, financiada por las arcas públicas.
Luego están las largas quejas del ex-canciller Leyva sobre la supuesta adicción a las drogas y la incompetencia del presidente, exigiendo su renuncia inmediata. Esto es absurdo, dado que estos problemas eran conocidos al momento de su aceptación y durante su mandato. De manera similar, la afirmación de Gustavo Bolívar de que Petro hizo un trato con el diablo al alinearse con ciertas figuras controvertidas, pero queriendo gobernar de la misma manera, es otra capa de absurdidad.
La renuncia de Roy Barreras a la embajada en el Reino Unido para declararse como el futuro presidente de centro-izquierda, a pesar de haber estado en oposición a lo que ahora afirma representar, subraya las absurdidades generalizadas en la política colombiana. El gasto extravagante de 90 billones de pesos para subsidiar combustible para vehículos de lujo en lugar de abordar necesidades regionales vitales es desmesuradamente irracional.
El uso indebido de fondos de crisis humanitaria en La Guajira para comprar votos en el Congreso para la reforma de pensiones ejemplifica un nivel de absurdidad que supera las expectativas. Permitir que grupos armados aterroricen áreas rurales bajo el pretexto de 'reclutamiento forzado' mientras se restringe a las fuerzas del orden y se concede impunidad en la búsqueda de la 'paz total' es cruelmente absurdo.
Acumulando aún más estos problemas, socavar la gobernanza de Ecopetrol y sus decisiones estratégicas amenaza el recurso más valioso de Colombia—una absurdidad que pone en riesgo la estabilidad económica a largo plazo. Crear una crisis energética en la costa caribeña y poner en peligro la autosuficiencia de gas, a pesar de tener los recursos para prevenir tales crisis, demuestra una falta de previsión profunda.
La decisión de aumentar la retención del impuesto sobre la renta en 2025, privando así al sector privado del capital de trabajo necesario mientras la economía se recupera, es patentemente absurda. Esto profundiza la crisis fiscal que heredarán las futuras administraciones, a pesar de las críticas pasadas a prácticas similares.
La absurdidad más dolorosa y dañina es la erosión de un sistema de salud que una vez benefició a todos, especialmente a los pobres y enfermos. Este descuido fue ejemplificado por el comentario despectivo de 'shu shu shu' del presidente Petro, comparando el colapso del sistema con fichas de dominó cayendo.
Con problemas tan graves en Colombia, es desconcertante que el presidente viaje frecuentemente al extranjero, aparentemente más interesado en apariciones internacionales que en abordar crisis domésticas—un comportamiento que hace eco de los excesos de presidentes pasados que alguna vez criticó.















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